La salud comienza en el intestino (II): flora intestinal.

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Aunque hasta hace unas décadas la comunidad científica le mantenía una “guerra” abierta a las bacterias, como la Helicobacter pylori, y no le prestaba demasiada atención a la flora bacteriana; hoy en día, más que conocer, se empieza a intuir el papel tan relevante que posee ésta en el mantenimiento de nuestra salud general, con funciones en la nutrición, en el desarrollo y crecimiento, la regulación de la inmunidad, el sistema endocrino y la inflamación sistémica.

Se denomina flora intestinal al conjunto de bacterias que conviven en el intestino, formando un ecosistema complejo que es capaz de autorregularse y equilibrarse por sí mismo, a la par que resulta muy sensible a la destrucción.

Aunque habita por todo el organismo, más del 95% de estos microorganismos se encuentra en el tracto digestivo, sobre todo en el colon. La gran mayoría de estas bacterias no son dañinas para la salud, sino que son beneficiosas. Se calcula que el ser humano tiene en su interior unas 2.000 especies bacterianas diferentes, de las cuales solamente 100 pueden llegar a ser perjudiciales.

Su cantidad es tan grande (en torno a unos 100 billones) que, analizando las heces que expulsamos, podemos encontrar que un tercio o un cuarto de su masa total está constituida por este tipo de microorganismos.

Cuando llega a este mundo, el intestino de un recién nacido se encuentra estéril, es decir, con una ausencia casi total de agentes bacterianos, los cuales provendrán en una primera etapa de la flora bacteriana de la madre: las heces y flora vaginal con las que contacta a través del canal del parto, sus besos y caricias, la succión del pezón, y finalmente, la leche a través de la cual se alimenta.

Más adelante, conforme la alimentación va cambiando, esta flora va creciendo y estabilizándose, aunque según el tipo de alimentación que adoptemos y diversas condiciones, tanto intrínsecas como extrínsecas, la flora intestinal sufrirá modificaciones tanto en cantidad como en calidad.

En cuanto a las funciones que desempeña, entre las más importantes se encuentran:

  • Fermentación de sustratos alimenticios (restos de comida) para producir energía.
  • Activación de la digestión de los azúcares y las proteínas.
  • Favorecer  la absorción y el almacenamiento de las grasas.
  • Degradación de ciertos tipos de fibra, como la celulosa.
  • Absorción de minerales esenciales, como el calcio, el magnesio, el hierro, y ácidos orgánicos.
  • Producir y facilitar que el cuerpo absorba vitaminas como las del grupo B o K.
  • Mantener un adecuado ph intestinal.
  • Evitar, a través de un “efecto barrera”, que especies patógenas puedan herir y colonizar el intestino, favoreciendo así también el desarrollo del sistema inmune.
  • Intervención en los mecanismos del estrés, a través de la producción de serotonina.
  • Participar en la descomposición de algunas sustancias cancerígenas, así como en la producción de sustancias con efecto antibiótico.

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Aunque la cantidad y el tipo de bacterias que la conforman es muy diversa, y estará determinada mayoritariamente por el tipo de alimentación que practiquemos, la flora se encuentra compuesta básicamente por dos tipos de microorganismos: la flora putrefactiva y la flora fermentativa.

La flora fermentativa utiliza los residuos de azúcares no absorbidos en nuestro intestino para alimentarse, con lo que genera otras sustancias de fermentación como el ácido láctico, alcohol, agua y C02. La fibra inerte, el almidón no digerible y la fibra fermentable son su principal alimento, y suele ser el tipo de flora más predominante en personas cuya dieta está basada en vegetales, y azúcares en general. Las heces generadas por fermentación tienen un ritmo de defecación más regular, además de ser más abundantes, ácidas, y poseer un color más claro. Si por diversos factores, como un exceso de hidratos de carbono complejos en la alimentación, una mala masticación, malas combinaciones de alimentos, etc, favorecemos en demasía las fermentaciones intestinales, se pueden generar subproductos inutilizables por el organismo, algunos de los cuales son muy dañinos para el organismo.

La flora putrefactiva, por su parte, se alimenta de proteínas mal digeridas, por lo que es típica tanto de los animales carnívoros, como de las personas que llevan una alimentación alta en proteínas. Esta degradación genera sustancias con actividad biológica, así como otras con actividad tóxica, hidrógeno y metano. Los animales carnívoros tienen mecanismos protectores contra las sustancias que genera el metabolismo putrefactivo, pero dichos mecanismos son menos eficientes en el organismo humano. Las heces producidas por este tipo de flora poseen un carácter alcalino, así como un olor repulsivo. De ahí la expresión que pronunciamos algunas veces al expulsar heces o gases de este tipo de sentir que “estamos podridas por dentro”. Además, el metabolismo putrefactivo bloquea la síntesis y absorción de vitaminas, minerales y nutrientes importantes, mientras que estimula el estreñimiento. Resulta paradigmático, por ejemplo, el caso de la anemia, pues la flora putrefactiva conspira a su favor en dos sentidos. Por un lado, generando toxinas que afectan a la regeneración sanguínea, y por el otro, inhibiendo la flora fermentativa. Es decir,  que una buena disponibilidad de hierro requiere, tanto en vegetarianos como en carnívoros, de un correcto equilibrio de la flora intestinal. Los carnívoros, teóricamente favorecidos por la ingesta de hierro más fácilmente asimilable, pueden tener anemia por carencia de los efectos de la flora fermentativa, mientras que los vegetarianos, favorecidos en este aspecto, también pueden verse perjudicados por una proliferación putrefactiva a causa de desequilibrios diversos, como la candidiasis crónica

DISBIOSIS: CAUSAS Y CONSECUENCIAS:

Entre las principales causas que pueden alterar el equilibrio y la proporción entre los diferentes microorganismos que forman la flora, se encuentran:

  • Alimentación basada en proteínas, grasas y azúcares refinados, baja en fibra.
  • Consumo de antimicrobianos (antibióticos, antifúngicos, antivirales..)
  • Consumo de tabaco y alcohol.
  • Estrés físico y emocional continuado.
  • Escasa masticación y ensalivación.
  • Carencia de enzimas digestivas.
  • Consumo de la píldora anticonceptiva, la cual altera el ph intestinal.

Y entre sus consecuencias: 

  • Depresión del sistema inmunitario.
  • Alteraciones digestivas: colon irritable, inflamación intestinal, candidiasis, estreñimiento…
  • Alteraciones hepáticas.
  • Artrosis y dolores reumáticos en general.
  • Formación de celulitis.
  • Afecciones y envejecimiento de la piel.
  • Afecciones precancerosas en algunas partes del organismo.

 

Llegadas a este punto, seguramente os estés preguntando: ¿CÓMO PODEMOS CONTRIBUIR A REGENERAR Y CUIDAR NUESTRA FLORA INTESTINAL?

Aquí tenéis unos consejos básicos:

  • Llevar una dieta adecuada, que incluya el consumo de productos vegetales, en la medida de lo posible ecológicos, con una alta proporción de crudos. Una dieta rica en vegetales, además de aportar enzimas digestivas si se consumen mayoritariamente en su estado natural, será alta en fibra, la cual alimenta sobre todo a la flora fermentativa, y evita el estreñimiento y los problemas que éste conlleva.
  • Dentro de la dieta, benefician especialmente el equilibrio de la flora intestinal los alimentos probióticos y prebióticos. Los probióticos son organismos vivos que, ingeridos en determinadas cantidades, pueden aportar beneficios para la salud. Los alimentos vegetales con más probióticos son los fermentados, entre los que se encuentran el chucrut (¡mi favorio! <3),  el miso, las microalgas como la chlorella, el tempeh o el té de Kombucha. Por su parte, los prebióticos son componentes que el cuerpo no puede asimilar, es decir, que no son digeribles, pero que al llegar al intestino son fermentados por la flora intestinal, produciendo efectos saludables para el organismo. Casi todos los vegetales contienen prebióticos entre sus fibras, aunque no toda la fibra tiene efecto prebiótico. Entre los vegetales ricos en fibra y prebióticos se encuentran: frutas, semillas de lino, alcachofa, espárragos y los vegetales de hoja verde.
  • Aprender a gestionar y evitar el estrés. Gestionar adecuadamente nuestros tiempos, aprender a respirar y oxigenar nuestro cuerpo correctamente, y hacer de nuestras comidas momentos de tranquilidad y goce, nos ayudarán a evitar los efectos dañinos que ejerce el estrés sobre nosotras.
  • Masticar e insalivar bien, contribuyendo, a través de las enzimas presentes en la boca y saliva, a una adecuada digestión de los alimentos, y a evitar que éstos puedan fermentar o pudrirse en nuestro intestino.
  • Evitar antiácidos, antibióticos y otros medicamentos antimicrobianos, que destruyen la flora beneficiosa, y permiten la proliferación de las especies patógenas.

Así que ya sabéis. Si queremos que nuestro cuerpo funcione correctamente y con la salud que merece, debemos cuidar nuestra flora intestinal y beneficiarnos mutuamente.

Lo más importante, como siempre: aprender a cuidarnos y evitar dañarnos.

¡Hasta la próxima! 🙂


Bibliografía consultada: 

  • www.espaciodepurativo.com.ar
  • “Nutrición vitalizante”, de Néstor Palmetti.
  • “Mejore su digestión”, de Pablo Saz.
  • “La flora bacteriana intestinal”, del Dr. Mariano José Bueno.

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