Dime cómo comes y te diré cómo eres.

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La digestión constituye, junto a la respiración, uno de los sistemas básicos e imprescindibles a través de los cuales incorporamos nutrientes a nuestro organismo y desechamos lo que no necesitamos.

De igual modo a cómo nos nutrimos (o intoxicamos) comiendo, del exterior también incorporamos otros tipos de “alimentos” que pueden cumplir la misma función, y se metabolizan siguiendo un procedimiento similar al de la digestión de alimentos físicos.

Ya decía F. Perls allá por 1942 que la ingestión física y mental obedece a las mismas leyes, y que el hambre de alimento mental y emocional se comporta como el hambre física.

¿Has prestado atención alguna vez a de qué manera te relacionas con tu “alimento”?  ¿Eres una persona voraz,  a la que nada “le llena”? O por el contrario, ¿te “con-formas” con muy poco? ¿Tiendes a “tragar” impaciente todo lo que te llega, o eres capaz de paladear y disfrutar de cada bocado de experiencia?

Muchos adultos tragan el alimento sólido como si fuera líquido, algo que se debe pasar lo antes posible. A estas personas las suele caracterizar la impaciencia, y exigen la satisfacción inmediata de su hambre. Su impaciencia se combina con voracidad e incapacidad para lograr satisfacción, pues no han desarrollado la capacidad de destruir su alimento sólido y favorecer la asimilación de los nutrientes. Este hecho muestra su dificultad para producir un cambio en la estructura de su alimento, y refleja su actitud básica hacia la vida. Pueden ser personas incapaces o con mucho miedo a producir cambios profundos en sí mismas o en su entorno. No pueden decir “no”, y rechazar así algo que les puede dañar. Difícilmente conseguirán la independencia, ya que les resulta mucho más deseable continuar fundidos con su entorno, que aprender a delimitar fronteras y “agredir” al alimento que les llega, para lograr discernir si desean realmente incorporarlo a su organismo, o por el contrario rechazarlo.

Por otro lado, muchas personas introducen un nuevo pedazo en la boca antes de haber conseguido licuar o tragar el bocado anterior. De la misma manera en que son incapaces de dar conclusión a los asuntos de su vida, lo son en relación a la masticación. Acostumbran a iniciar una nueva tarea antes de concluir la que tiene entre manos, llegando incluso a verse envueltas en una maraña de tareas simultáneas, y mostrando una gran dificultad para concluirlas. Un ejercicio altamente beneficioso consistiría en aprender a interrumpir el flujo continuo de alimento en nuestras bocas. De esta manera, aprender a dejar la boca vacía entre bocado y bocado podría resultar de mucha utilidad para aprender a focalizarse y a cerrar asuntos inconclusos.

Otras personas padecen una especie de “frigidez oral”. El alimento sólo se percibe mientras está en el plato. Una vez que está en la boca ya no se siente, y mucho menos se saborea o paladea. Este comportamiento puede ir de la mano de la necesidad de beber en exceso, emplear muchas especias y llenarse de grandes cantidades de alimento sin llegar a estar jamás satisfecha. Desde el punto de vista psicoemocional, estas personas mostrarán un ansia eterna de afecto, éxito y emociones intensas que, sin embargo, nunca llegarán a proporcionar un placer o una satisfacción genuina.

Las personas que se castigan a través de la comida o la bebida deben aprender a deshacer este acto de autodestrucción y devolver el placer de destrucción a los dientes. “Cuanto más nos permitamos emplear la crueldad y el ansia de destrucción en el lugar biológicamente correcto, es decir, los dientes, menor peligro habrá de que la agresión encuentre su salida como un rasgo de carácter. Cuando más se invierte la agresión en morder y masticar, menos agresión quedará para la proyección”, afirmaba Fritz Perls.

 

Llegados a este punto, ¿cómo podemos aprender a recuperar estas capacidades?

En primer lugar, debemos aprender a estar plenamente conscientes del acto de comer. Obsérvate. ¿Prestas atención, o sueles estar hablando, viendo la tele, soñando despiert@ o pre-ocupándote mientras comes?

Perls propone una serie de pasos a seguir, resumidos de la siguiente manera:

“No se fuerce a estar concentrada, pero vuelva cada vez que advierta que se está apartando de la concentración”. En cuando empieces a prestar atención intentarás cambiar tu manera de masticar, impaciente, pero debes perseverar en la atención. Más adelante, podrás darte cuenta de que estás bebiendo sólidos en lugar de masticarlos y comerlos. “Debes hacer consciente la impaciencia, para después poder cambiarla a incomodidad, más tarde a agresión dental, y finalmente consolidarla como interés en la realización plena de cada tarea, en un masticar paciente pero enérgico de su alimento físico y mental”

 

2º “Desarrolle su apreciación de hechos en contraste con su evaluación/juicio”. Aprende a DESCRIBIR en lugar de JUZGAR. Resulta muy distinto decir “esto está caliente, o frío, o amargo, o salado, o insípido…” a “esto es asqueroso, delicioso o repugnante”.
“Por último en orden, concéntrese en la estructura del alimento y “censure” cada trozo no destruido, que trata de escapar al molino triturador de sus molares”. Desarrollando la curiosidad y el deseo por los detalles y la plena consciencia del proceso de comer conseguirás producir el cambio que requiere tu alimento para ser asimilado. Desarrollarás el “buen gusto” por lo que te sienta bien y te nutre realmente,  y dejarás de “tragar” pedazos físicos y mentales que permanecerán en tu organismo como cuerpos extraños sin integrar.

 

Para comprender y asimilar “el mundo”, debemos aprender a emplear plenamente nuestros dientes, devolviéndoles su natural capacidad agresora.

Sólo así podremos recuperar la capacidad de “hincarle bien el diente” a nuestros asuntos y ser tajantes cuando la situación lo requiere, consiguiendo convertirnos en seres independientes y responsables capaces de discernir lo que nos nutre de lo que nos intoxica.

 

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA: Yo, hambre y agresión”, de Frederick S. Perls

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