Así es como el estrés afecta a tu salud digestiva y emocional.

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A menudo os hablo de la importancia de una buena alimentación e hidratación, de la práctica de actividad física, o del trabajo a nivel emocional, como elementos indispensables para gozar de una buena salud. Pero, (y esto es algo que realmente he aprendido y experimentado recientemente) no debemos subestimar el impacto potencialmente negativo que puede tener el estrés en nuestro organismo.

Nuestro cuerpo necesita actividad y retos, sí, pero sufre si lo sometemos a una presión constante y superior a la que puede gestionar, y uno de los principales órganos que lo sufre es el intestino.

En primer lugar, definamos brevemente qué es el estrés, aunque estoy convencida de que la mayoría de vosotras ya lo tendréis perfectamente claro por experiencia propia.  Según el Colegio Oficial de Psicólogos (COP), “podemos considerar al estrés como el proceso que se pone en marcha cuando una persona percibe una situación o acontecimiento como amenazante o desbordante de sus recursos”. Es decir, que experimentamos estrés cuando consideramos que las demandas provenientes de una situación concreta desbordan nuestras posibilidades o recursos para hacer frente a ellas. Y ya no tiene que ser una experiencia ni remotamente parecida a la que experimentábamos en el pasado, cuando debíamos huir de un depredador, buscar agua o comida, y luchar por nuestra vida. Hoy en día, son múltiples las situaciones a las que nos exponemos en las que, dependiendo de los recursos de los que dispongamos, podemos experimentar un estrés intenso. Exceso de tareas por solucionar, ritmo de trabajo demasiado acelerado, emociones que somos incapaces de sostener, viajes agotadores e interminables… Como veis, hasta sentir o disfrutar del ocio pueden convertirse en un hecho estresante.

El aparato digestivo, pues, sufre tanto con las circunstancias emocionales como con las puramente físicas. Más específicamente, la respuesta al estrés puede provocar:

  • Disminución en la absorción intestinal.
  • Alteraciones en la motilidad gastrointestinal.
  • Disminución del flujo sanguíneo en el sistema digestivo, lo que ralentiza el metabolismo.
  • Efectos negativos en la capacidad regenerativa de la mucosa gastrointestinal, aumentando la permeabilidad.
  • Disminución en la oxigenación del intestino.
  • Disminución de su producción enzimática, indispensable para la digestión y asimilación de los nutrientes.
  • Afectación de la flora intestinal, incrementándose la producción de sustancias pro-inflamatorias, y la depresión del sistema inmune.

Y, si tenemos en cuenta la extensísima interrelación que existe entre la microbiota o flora y salud intestinal, es fácil deducir que el estrés prolongado pueda desencadenar en:

  • Dispepsia.
  • Gastritis.
  • Intestino irritable.
  • Enfermedad de Chron.
  • Trastornos autoinmunes como lupus, artritis reumatoide…
  • Fibromialgia.
  • Fatiga crónica.
  • Ansiedad.
  • Depresión.

Como os expliqué en el post acerca de salud intestinal y emocional, la interrelación entre desequilibrios de la flora intestinal y cambios emocionales y conductuales parece cada vez más clara.

Parece que cuando el estrés se prolonga en el tiempo, los mecanismos encargados de liberar neurotransmisores como la dopamina en las áreas del cerebro relacionadas con el placer, la motivación o el comportamiento social dejan de funcionar adecuadamente, lo que puede desencadenar en depresión.

Curiosamente, la conexión entre intestino y cerebro funciona en ambos sentidos, es decir, que mientras el estrés puede provocar problemas intestinales, los problemas intestinales también pueden provocar una mayor dificultad para gestionar el estrés.

¿QUÉ PODEMOS HACER PARA GESTIONAR MEJOR EL ESTRÉS Y, CON ELLO, NUESTRA SALUD DIGESTIVA Y EMOCIONAL?

Intestino.segundo.cerebro

  1. Lo que más útil me ha resultado a mí ha sido aprender a PARAR, priorizar, y a decir que no a todo aquello que con mis recursos actuales no puedo gestionar. Esto puede suponer un problema para las personas, como yo, a las que les cuesta decir que no o renunciar a algo que les apasiona, pero resulta esencial ser realistas con nuestras capacidades, y asumir que en muchas ocasiones no podemos hacer más. Esto muchas veces implica un proceso profundo de autonocimiento y transformación personal, que yo realicé (y continúo realizando actualmente), gracias a la Terapia Gestalt.
  2. Igualmente importante resulta cuidar la alimentación, de las primeras cosas, junto al sueño, que se suelen descuidar en periodos de estrés. Cuando nos sentimos estresadas solemos tender a dedicar menos tiempo a prepararnos la comida, o a comer lo primero y más rápido que pillemos para calmar el malestar emocional. Pero, como os he explicado, si por estar estresadas dañamos nuestra flora, también gestionaremos peor el estrés, con lo que el círculo se retroalimentará. En los posts específicos de flora bacteriana y sistema inmune os ofrezco pautas sencillas para cuidar de vuestra flora (o fauna, en muchos casos ?).
  3. Meditación y respiración consciente. La práctica constante de la meditación contribuye a desarrollar la atención plena a lo que sucede en el momento presente, evitando tanto que nos anticipemos de más al futuro, como que desatendamos las señales que nos transmite nuestro cuerpo. Aprender a concentrarnos en nuestra respiración puede llevarnos también, a través de una mayor oxigenación de nuestro organismo, a disminuir las sensaciones de malestar.

Así que recordad, somos lo que comemos, sí, pero también lo que pensamos, sentimos y hacemos, y sobre todo, cómo lo gestionamos.

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